Durante las primeras décadas "del presente -siglo hasta
la etapa del desarrollo industriallácteo, en puerto Cabelló trabajaron pequeños
comerciantes ambulantes, que se ocupaban del expendio de algunos alimentos a
domicilio; los más populares y consecuentes, eran los repartidores de pan y
leche. En esta oportunidad reseñaremos la actividad de los conocidos como
"lecheros", hombres laboriosos que al filo de las oscuras y frías
madrugadas, antes que el canto de los gallos anunciara la proximidad del alba,
ya regresaban con sus primitivos transportes conduciendo el producto del ordeño
desde corrales deUrama, Morón, Goaigoaza,Borburata y La Salina.
Nada tenían en común estos hombres con aquellos igualmente
conocidos como "lecheros", pero por causas diferentes: tacaños,
hambreadores, avaros, enfermos de codicia, cabalgando sobre su propia miseria
espiritual. Nuestros personajes eran individuos cordiales, desprendidos,
bondadosos, sólo enriquecidos de su natural malicia en el arte de
"bautizar" el producto para lograr pequeñas ganancias en sus duras
tareas. Entre ellos, se encontraban venezolanos y españoles canarios, adaptados
a nuestra idiosincracia. Tenían su pequeño universo amparados por una masonería
de respeto mutuo y fidelidad comercial.
Los cántaros repletos de tibia y fresca leche, con un
espesor envidiable por el buen "pasto" que alimentaba el ganado
vacuno, se conducía en "quitrines", carros accionados por tracción
animal, muías y burros con rústicas enjalmas. Todo un conjunto amalgamado a la
paciencia, tenacidad y sacrificios de los "lecheros" para darle
colorido a una labor inconfundible y sobre la cual giraron picarescas
anécdotas. Cada hogar porteño contaba para el suministro de este valioso
alimento, con su típico "marchante", al cual le cancelaban el
producto cada semana, quincena o mes, de acuerdo con las posibilidades del
cliente. Rigurosamente los compromisos eran cumplidos siempre después de
algunos reclamos sobre la calidad y baja densidad de la leche, y en otras
oportunidades por la desaparición de recipientes hogareños, en épocas de
na¬vidad, misas de aguinaldos, serenateros, etc. La Sanidad ejercía estricto
control en las actividades madrugadoras de los expendedores de leche. El
funcionario con su lactodensímetro a mano, cumplía con su tarea en cualquier
esquina o rincón de la ciudad, en el encuentro casual o premeditado con el
"lechero". Los infractores recibían boleta de citación y luego la
sanción acorde con la falta.
Era un secreto a voces: la tonalidad o mayoría de
expendedores, ayudaban sus ingresos "bautizando" con agua mañanera de
los ríos cercanos, la leche que diariamente transportaban. Cuando se les pasaba
la mano y la densidad bajaba alímites intolerables, apelaban al recurso de
agregar maizena o polvo de arroz u otra sustancia no nociva para equilibrar el
límite exigido por Sanidad.
Alrededor del círculo social de estos populares y recordados
comerciantes ambulantes, circularon entre chismes y murmuraciones, diversos
rumores de amoríos furtivos con solteronas apasionadas que espantaban su sueño
esperando ansiosamente al proveedor de leche. En algunas oportunidades se
escuchaban frases de picante humor, asegurando que los hijos de de la vieja tía
tenían parecidos asombrosos con el "lechero".
Enlazados en los recuerdos del viejo Puerto, los nombres de
aquellos que un día escribieron parte de su historia, transitan debajo de
aleros coloniales, frente a rústicos portones o en solares adornados de
trinitarias, donde los perros ladraban su hambre.
Entre luces y sombras, la añoranza es brisa fresca en
sonrisas de sueños que se perdieron en la ruta de los tiempos. En alguna
cansada mecedora, poltrona acolchada o cómodo chinchorro, la visión de un
paisaje lejano de gratas madrugadas, endulza el pensamiento de la dama que
recibió tributos de amor de Inojosa, Romero, el catire Alberto, Santanita, el
Gavilán o el Isleño. Al Isleño se le conocía igualmente como "el
angeliílo". Era el único del grupo que realizaba sus ventas al contado.
Mantenía una selecta clientela en la Urbanización Rancho Grande, donde por
cierto estaba residenciada una señora española que le profesaba a su joven
paisano una malquerencia que nadie explicaba.
La matrona era dueña de un hermoso loro real, cuyo
vocabulario estaba matizado de las peores expresiones del léxico español. Con
paciencia e ingenio, enseñó al verde animalito que a una señal determinada, al
observar la presencia del Isleño, gritara con todas las fuerzas de su pequeña
garganta:
—Angelillo le echa agua a la leche…
—Angelillo le echa agua a la leche. . .
Con otras palabras de subido color, el pajarraco silenciaba
la protesta, cuando el aludido desde la calle le gritaba:
—Te voy a torcer el pescuezo loro hijo e puta...
