lunes, 30 de noviembre de 2015

35- Leche a domicilio



Durante las primeras décadas "del presente -siglo hasta la etapa del desarrollo industriallácteo, en puerto Cabelló trabajaron pequeños comerciantes ambulantes, que se ocupaban del expendio de algunos alimentos a domicilio; los más populares y consecuentes, eran los repartidores de pan y leche. En esta oportunidad reseñaremos la actividad de los conocidos como "lecheros", hombres laboriosos que al filo de las oscuras y frías madrugadas, antes que el canto de los gallos anunciara la proximidad del alba, ya regresaban con sus primitivos transportes conduciendo el producto del ordeño desde corrales deUrama, Morón, Goaigoaza,Borburata y La Salina.
Nada tenían en común estos hombres con aquellos igualmente conocidos como "lecheros", pero por causas diferentes: tacaños, hambreadores, avaros, enfermos de codicia, cabalgando sobre su propia miseria espiritual. Nuestros personajes eran individuos cordiales, desprendidos, bondadosos, sólo enriquecidos de su natural malicia en el arte de "bautizar" el producto para lograr pequeñas ganancias en sus duras tareas. Entre ellos, se encontraban venezolanos y españoles canarios, adaptados a nuestra idiosincracia. Tenían su pequeño universo amparados por una masonería de respeto mutuo y fidelidad comercial.
Los cántaros repletos de tibia y fresca leche, con un espesor envidiable por el buen "pasto" que alimentaba el ganado vacuno, se conducía en "quitrines", carros accionados por tracción animal, muías y burros con rústicas enjalmas. Todo un conjunto amalgamado a la paciencia, tenacidad y sacrificios de los "lecheros" para darle colorido a una labor inconfundible y sobre la cual giraron picarescas anécdotas. Cada hogar porteño contaba para el suministro de este valioso alimento, con su típico "marchante", al cual le cancelaban el producto cada semana, quincena o mes, de acuerdo con las posibilidades del cliente. Rigurosamente los compromisos eran cumplidos siempre después de algunos reclamos sobre la calidad y baja densidad de la leche, y en otras oportunidades por la desaparición de recipientes hogareños, en épocas de na¬vidad, misas de aguinaldos, serenateros, etc. La Sanidad ejercía estricto control en las actividades madrugadoras de los expendedores de leche. El funcionario con su lactodensímetro a mano, cumplía con su tarea en cualquier esquina o rincón de la ciudad, en el encuentro casual o premeditado con el "lechero". Los infractores recibían boleta de citación y luego la sanción acorde con la falta.
Era un secreto a voces: la tonalidad o mayoría de expendedores, ayudaban sus ingresos "bautizando" con agua mañanera de los ríos cercanos, la leche que diariamente transportaban. Cuando se les pasaba la mano y la densidad bajaba alímites intolerables, apelaban al recurso de agregar maizena o polvo de arroz u otra sustancia no nociva para equilibrar el límite exigido por Sanidad.
Alrededor del círculo social de estos populares y recordados comerciantes ambulantes, circularon entre chismes y murmuraciones, diversos rumores de amoríos furtivos con solteronas apasionadas que espantaban su sueño esperando ansiosamente al proveedor de leche. En algunas oportunidades se escuchaban frases de picante humor, asegurando que los hijos de de la vieja tía tenían parecidos asombrosos con el "lechero".
Enlazados en los recuerdos del viejo Puerto, los nombres de aquellos que un día escribieron parte de su historia, transitan debajo de aleros coloniales, frente a rústicos portones o en solares adornados de trinitarias, donde los perros ladraban su hambre.
Entre luces y sombras, la añoranza es brisa fresca en sonrisas de sueños que se perdieron en la ruta de los tiempos. En alguna cansada mecedora, poltrona acolchada o cómodo chinchorro, la visión de un paisaje lejano de gratas madrugadas, endulza el pensamiento de la dama que recibió tributos de amor de Inojosa, Romero, el catire Alberto, Santanita, el Gavilán o el Isleño. Al Isleño se le conocía igualmente como "el angeliílo". Era el único del grupo que realizaba sus ventas al contado. Mantenía una selecta clientela en la Urbanización Rancho Grande, donde por cierto estaba residenciada una señora española que le profesaba a su joven paisano una malquerencia que nadie explicaba.
La matrona era dueña de un hermoso loro real, cuyo vocabulario estaba matizado de las peores expresiones del léxico español. Con paciencia e ingenio, enseñó al verde animalito que a una señal determinada, al observar la presencia del Isleño, gritara con todas las fuerzas de su pequeña garganta:
—Angelillo le echa agua a la leche…
—Angelillo le echa agua a la leche. . .
Con otras palabras de subido color, el pajarraco silenciaba la protesta, cuando el aludido desde la calle le gritaba:

—Te voy a torcer el pescuezo loro hijo e puta...