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lunes, 30 de noviembre de 2015

40- Personajes populares Cielito Azul



Era un personaje de leyendas, este hombre de figura atlética y ademanes de Caballero de la Corte de Zares, Reyes o Emperadores. Se desplazaba por las viejas calles del puerto, impecablemente vestido de azul, con zapatos, medias y corbatas del mismo color, que resaltaban una elegancia que él manejaba con absoluta maestría.

Pocas personas conocían sus nombres y apellidos, así como el lugar de su residencia y zona de trabajo. El pueblo con la chispa criolla que es parte de su patrimonio personal, bautizó al sujeto como "Cielito Azul", pero una dama entrada en años cuya residencia estaba ubicada precisamente en la ruta transitada por el humano azulejo, al paso de éste le gritaba con todas las fuerzas de su mala intención. . . Adiós. .! Peíto Azul. Y este apodo para toda la vida, quedó estampada en la humanidad de aquel ciudadano.

39- Personajes populares Cabuyita



El anciano con su pesada carga de años, lentamente contabilizaba sus pasos, como retardando el arribo a su ruta final.
En la juventud de este hombre, según versiones orales de viejos porteños, mantenía extrordinaria agilidad en sus desplazamientos diarios, que motivaban elogiosos comentarios para su orgullo personal. Transitando años, su octogenario espacio vital, conservaba rasgos de su antigua condición física, sobre todo cuando algún travieso transeúnte le gritaba en plena vía pública un sobrenombre que lo llenaba de enojo. . . Adiós. .! Cabuyita; al escuchar el agraviante saludo, sacudía su esquelética figura, garrote en mano, hacia el lugar donde el insolente le faltaba el respeto y desde su cansada garganta como una estampida salía la voz cargada de protesta con incendiarias palabras involucrando a la madre del insolente.

38- Personajes populares El loco Eloy



Lo conocimos cuando transitaba por las concurridas calles de la ciudad, acompañado de una grata sonrisa y su típico saludo a los numerosos transeúntes que encontraba en su camino. Tenía una memoria privilegiada para identificar a las personas por sus nombres y apellidos. Su presencia infundía simpatía y todos sus saludos los correspondían con amabilidad sin lesionar la personalidad de aquel hombre inofensivo.
Nuestro famoso personajefrecuentemente expresaba su fe bolivariana, llegando al colmo de escoger la quietud de la media noche para invocar a viva voz el espíritu delLibertador:
Bolívar. . . donde estás. . . ? y esto lo repetía con vehemencia.
La oportunidad se presentó una noche, cuando las estrellas se escondieron en las nubes y la luna silenció su luz para cubrir la zona de tinieblas. Un vecino del Club Los Rivales, fastidiado de las periódicas incursiones del orate para invocar aBolívar, cuando éste comenzó su oración con la mirada perdida en el firmamento y los brazos en alto:
Bolívar. . . ¿Dónde estás. . . ? sorpresivamente salió tapado con una blanca sábana, contestán¬dole con la voz ronca como salida de profunda caverna: Eloy..! aquí estoy... ¿qué quieres..?
Y eso bastó para silenciar definitivamente al trasnochador bolivariano, quien emprendió veloz carrera hacia San Millán, dejando atrás los motivos para esta narración. Eloy tal vez había escuchado los temerosos susurrqs de grupos desafectos a la dictadura perezjimenista, que en horas de la tarde se reunían en laPlaza Concordia. Tomando para sí, a quellas protestas silenciosas, se paró encima de un banco del pequeño parque y con toda la fuerza de sus pulmones gritó la peligrosa consigna de la época:
Abajo Pérez Jiménez. . . Carajo. .!

Días después, el cadáver de aquel infeliz loquito permanecía en la Morgue delHospital Municipal, víctima de la golpiza que le propinaron los esbirros del régimen. En una fosa cualquiera del viejo Cementerio de Campo Alegre inhumaron sus restos; en el lugar desapareció todo vestigio de su presencia física y ni siquiera un ladrillo quedó para identificar su tumba.

37- Personajes populares Caraotica



Entre los personajes populares cuyo recuerdo permaneció hasta finales de la tercera década del-siglo xx, se encuentra un "Cochero" conocido como Caraotica, por haber perdido su identidad entre el humo maloliente del tabaco en rama y el exceso de alcohol barato alojado en su esquelética humanidad. El año 1919 la ciudad sufrió los rigores de una epidemia diagnosticada como "gripe española", cuyo saldo trágico cubrió de dolor a gran parte de la población. La enfermedad no respetó clasessociales: ricos y pobres, blancos y negros, fueron víctimas de este morbo, que según los médicos sanitaristas procedía de Europa.
En la Sabana de Santa Lucíase acondionó un terreno para sepultar los centenares de cadáveres que la peste dejaba en su tránsito de muerte por todos los rincones del pueblo. La sanidad encargó a Caraotica el trabajo de transportar la peligrosa carga hasta su última morada. Este hombre y el célebre personaje de la "Barca de Carente", tenían gran similitud.
El Carretón tirado por una famélica muía hacía su diario recorrido por calles y callejones donde el luto ensombrecía el corazón de sus habitantes. Macabra visita la de aquel "Caraotica", cuando después del toque a la puerta de la vivienda preguntaba con voz melosa: Cuántos muertos hay en esta casa...? Los cadáveres recogidos a domicilio para llevarlos a la fosa común de Santa Lucía, llenaban el apretado espacio de aquel peculiar transporte urbano. Uno, dos, tres y hasta diez, contaba con amplia sonrisa "el cochero de la muerte". Por cada cliente cobraba unbolívar y el premio de una botella de caña blanca en cada viaje.

Existía un sórdido rumor en el pueblo sobre la conducta de "Caraotica" y su cadavérica clientela: cuando algún viajero infortunado tirado al carretón por un diagnóstico improvisado sobre su muerte, lograba sobreponerse durante la dura travesía y gritaba desesperado para advertir al conductor que él aún vivía, el célebre cochero le respondía con toda la mala intención que su estado etílico le permitía: Cállese carajo. . .! usted está muerto y al joyo va. . .! y así era.

36- Personajes populares El cometón



En los alrededores del mercado municipal y la Plaza Concordia, durante muchos años trabajó vendiendo billetes de lotería, un sexagenario cuya voz ronca motivó que los jóvenes de entonces le bautizaran con el sobrenombre de "Cohetón".
Al principio sonreía complacido a los niños, cuando éstos simulaban el vuelo del artefacto explosivo y luego su ruidosa detonación. Los muchachos una vez que cumplían su misión de molestar al viejo billetero emprendían la fuga rumbo a susescuelas u hogares.
El sonido característico del cohete en su ascenso vertiginoso, lo imitaban con un silbido largo y profundo que finalizaba con el estallido. Las chanzas se prolongaron haciéndose cada día más pesadas para la víctima, hasta el punto de perder el sexagenario su identidad personal, ya que todos lo conocían como "cohetón".
Un joven estudiante valenciano paseaba con un amigo por la calle Bolívar y al llegar a la plazoleta del mercado encontraron al célebre vendedor de billetes. El acompañante porteño le sugirió al valenciano que hiciera una imitación del vuelo de un cohetón y cuando éste comenzó su largo silbido, sintió en la espalda la fría mano del anciano, quien con su ronca voz le gritó:
—Revienta, muérgano, revienta, para reventarte el alma..!
El muchacho alarmado, considerando que era víctima de un loco, comenzó a gritar pdiendo auxilio, mientras el viejo "cohetón" le gritaba:

—Muchacho pendejo. . .! no te asustes que ya se me acabó la pólvora. . .

35- Leche a domicilio



Durante las primeras décadas "del presente -siglo hasta la etapa del desarrollo industriallácteo, en puerto Cabelló trabajaron pequeños comerciantes ambulantes, que se ocupaban del expendio de algunos alimentos a domicilio; los más populares y consecuentes, eran los repartidores de pan y leche. En esta oportunidad reseñaremos la actividad de los conocidos como "lecheros", hombres laboriosos que al filo de las oscuras y frías madrugadas, antes que el canto de los gallos anunciara la proximidad del alba, ya regresaban con sus primitivos transportes conduciendo el producto del ordeño desde corrales deUrama, Morón, Goaigoaza,Borburata y La Salina.
Nada tenían en común estos hombres con aquellos igualmente conocidos como "lecheros", pero por causas diferentes: tacaños, hambreadores, avaros, enfermos de codicia, cabalgando sobre su propia miseria espiritual. Nuestros personajes eran individuos cordiales, desprendidos, bondadosos, sólo enriquecidos de su natural malicia en el arte de "bautizar" el producto para lograr pequeñas ganancias en sus duras tareas. Entre ellos, se encontraban venezolanos y españoles canarios, adaptados a nuestra idiosincracia. Tenían su pequeño universo amparados por una masonería de respeto mutuo y fidelidad comercial.
Los cántaros repletos de tibia y fresca leche, con un espesor envidiable por el buen "pasto" que alimentaba el ganado vacuno, se conducía en "quitrines", carros accionados por tracción animal, muías y burros con rústicas enjalmas. Todo un conjunto amalgamado a la paciencia, tenacidad y sacrificios de los "lecheros" para darle colorido a una labor inconfundible y sobre la cual giraron picarescas anécdotas. Cada hogar porteño contaba para el suministro de este valioso alimento, con su típico "marchante", al cual le cancelaban el producto cada semana, quincena o mes, de acuerdo con las posibilidades del cliente. Rigurosamente los compromisos eran cumplidos siempre después de algunos reclamos sobre la calidad y baja densidad de la leche, y en otras oportunidades por la desaparición de recipientes hogareños, en épocas de na¬vidad, misas de aguinaldos, serenateros, etc. La Sanidad ejercía estricto control en las actividades madrugadoras de los expendedores de leche. El funcionario con su lactodensímetro a mano, cumplía con su tarea en cualquier esquina o rincón de la ciudad, en el encuentro casual o premeditado con el "lechero". Los infractores recibían boleta de citación y luego la sanción acorde con la falta.
Era un secreto a voces: la tonalidad o mayoría de expendedores, ayudaban sus ingresos "bautizando" con agua mañanera de los ríos cercanos, la leche que diariamente transportaban. Cuando se les pasaba la mano y la densidad bajaba alímites intolerables, apelaban al recurso de agregar maizena o polvo de arroz u otra sustancia no nociva para equilibrar el límite exigido por Sanidad.
Alrededor del círculo social de estos populares y recordados comerciantes ambulantes, circularon entre chismes y murmuraciones, diversos rumores de amoríos furtivos con solteronas apasionadas que espantaban su sueño esperando ansiosamente al proveedor de leche. En algunas oportunidades se escuchaban frases de picante humor, asegurando que los hijos de de la vieja tía tenían parecidos asombrosos con el "lechero".
Enlazados en los recuerdos del viejo Puerto, los nombres de aquellos que un día escribieron parte de su historia, transitan debajo de aleros coloniales, frente a rústicos portones o en solares adornados de trinitarias, donde los perros ladraban su hambre.
Entre luces y sombras, la añoranza es brisa fresca en sonrisas de sueños que se perdieron en la ruta de los tiempos. En alguna cansada mecedora, poltrona acolchada o cómodo chinchorro, la visión de un paisaje lejano de gratas madrugadas, endulza el pensamiento de la dama que recibió tributos de amor de Inojosa, Romero, el catire Alberto, Santanita, el Gavilán o el Isleño. Al Isleño se le conocía igualmente como "el angeliílo". Era el único del grupo que realizaba sus ventas al contado. Mantenía una selecta clientela en la Urbanización Rancho Grande, donde por cierto estaba residenciada una señora española que le profesaba a su joven paisano una malquerencia que nadie explicaba.
La matrona era dueña de un hermoso loro real, cuyo vocabulario estaba matizado de las peores expresiones del léxico español. Con paciencia e ingenio, enseñó al verde animalito que a una señal determinada, al observar la presencia del Isleño, gritara con todas las fuerzas de su pequeña garganta:
—Angelillo le echa agua a la leche…
—Angelillo le echa agua a la leche. . .
Con otras palabras de subido color, el pajarraco silenciaba la protesta, cuando el aludido desde la calle le gritaba:

—Te voy a torcer el pescuezo loro hijo e puta...

34- Las comadronas de antaño



Recordar a las viejas comadronas reconforta el espíritu. Hasta hace poco tiempo, los paritorios en los hogares venezolanos se desarrollaban como Dios lo estableció a través de los Siglos. No se conocía la contratación de sofisticadas habitaciones con aire acondicionado, alrededor de las cuales se desplazan especialistas, hombres y mujeres pulcramente vestidos de blanca tela y gorritos coquetos para darle más salero al acontecimiento.

Los padres del recién nacido podían reír alegremente sin el temblor en las manos que electriza la voluminosa factura: partero, anestesiólogo, enfermeras, pediatras, cardiólogos, farmacéuticos, policías y hasta un Fiscal de Tránsito para facilitar al nuevo transeúnte vía libre para su desplazamiento en este valle de lágrimas.

Las recordadas parteras de antaño, la mayoría procedía de modestas familias, sobre todo de núcleos populares que defendían su profesión a base de coraje y mística vocación. Sus tarifas dependían de la condición social del cliente, con un máximo de cinco pesos, a veces cancelados en cuotas semanales. Eso sí, las comadronas durante algunos días compartían con las parturientas el rico manjar de las aves de corral, por establecerlo la tradición. En el proceso del embarazo se adquirirían varias gallinas gordas para alimentar a la nueva madre durante el primer mes después del alumbramiento.

Existían drásticas reglas para la protección de la madre y el niño, que hoy resultan risibles, pero que durante centenares de años contribuyeron a superpoblar el planeta. La mujer guardaba riguroso encierro durante cuarenta días con la cabeza envuelta con trapos para evitar malos aires; el recién nacido debía permanecer con un gorrito de tela gruesa para protegerle la "mollera", por donde supuestamente podían colársele fluidos malignos. La habitación de la parturienta se mantenía hermética y los visitantes en horas nocturnas permanecían alejados del niño, hasta tanto se "les desprendiera el sereno", considerado como portador de males.

Algunos venían al mundo enman'tillados con el cordón umbilical endurecido. En estos casos, la comadrona bendecía al recién nacido, augurándole una vida llena de felicidades, ya que la tradición señalaba que el enmantilíamiento era protector contra pavas, mal de ojo, enemigos, etc. La mantilla y el cordón umbilical lo enterraban en un rincón de la vivienda, para que el hechizo fuera permanente en la buena suerte del muchachito.

Por su parte, el padre feliz que se había preparado desde el primer mes de embarazo de su compañera, brindaba a familiares y amigos con un licor macerado en garrafas de aguar¬diente de caña, aluzema, azúcar y otros ingredientes. Eran los célebres "miaos" del nuevo ciudadano, que nunca faltó en hogares venezolanos, sin el temor de ser embargados por abultadas facturas de clínicas sofisticadas, en cuya mayoría los niños ya no nacen por la vía natural diseñada para estos menesteres, sino por la barriga en operaciones conocidas como "cesáreas".

Esto de la cesárea es más antiguo que el nacimiento de Cristo; procede del latín "caesure" que significa "corte" y su nombre sirvió para bautizar a César, Emperador Romano, quien nació, según datos históricos, por una abertura en el vientre que le practicaron a la madre en un caso de extrema emergencia.

A través de la práctica alegre de acelerar el nacimiento de los niños por ese sistema, se han tejido diversas conjeturas. La operación quirúrgica con pocos riesgos de extraer la criatura, proporciona jugosos dividendos a empresas y clínicas donde el nuevo riquismo florece en todos los caminos con ga¬lopante desbordamiento exhibicionista; las fabulosas sumas cobradas a los pacientes son canceladas sin protestar y a veces con amplias sonrisas que recogen los fotógrafos para las crónicas sociales.


De todos modos, el procedimiento de las viejas comadronas y parteros como Valbuena, Tirado, Juliac, Rodríguez Rivero, Torres Suels, Noblot, Vigas, Kanoche, Porras, Olaechea, Ponte, Rivas, Soriano. Dunlop, Villalba, Gallardo, Julien, Mandry, Murphy, entre otros tantos, queda en el permanente recuerdo de las abuelas.

33- Boticarios



Los que tuvieron la responsabilidad de regentar expendios de medicinas enPuerto Cabello, hasta la promulgación de la ley que reglamentaba estas actividades, podían considerarse como los mejores auxiliares del gremio médico, en una Venezuela mediatizada por el régimen de terror y atraso que encadenó durante medio siglo toda posibilidad de superar conocimientos científicos.
En cada población venezolana, existía una monolítica trilogía compuesta por el CuraPárroco, el Jefe Civil y el bo¬ticario, en cuyas manos se encontraba el destino de cada vecino. Estos personajesrepresentaban la enciclopedia de la comunidad, donde se registraban las actuaciones diarias de cada uno: el que se confesaba, delinquía o enfermaba. Se la sabían todas y no era raro observarlos de vez en cuando intercambiando confidencias.
Recorriendo los caminos del recuerdo para hacer realidad estas crónicas, nos encontramos con Carlos Meir, H. Suels, J. J. Mata, Pedro D. Martínez, J. J. Olivos, M. Agreda, Federico Escarrá, John Pannefleck y Torres Páez, regentes de las acreditadas Boticas: "Alemana", "Nacional", "Principal", "Mercado", "Oriental", "Botica del Carmen", "Farmacia Romero", "Botica Nueva" y "La Central", algunos con títulos universitarios y otros con avales otorgados por su experiencia profesional logradas en muchos años de constancia y abnegación, descifrando recipes de viejos galenos y preparando fór¬mulas que hoy han pasado a la categoría de "Museo de la Farmacología", ya que los patentados enterraron a este anti¬guo sistema de obligatorio aprendizaje para ejercer la medicina y la farmacia.
Revisando periódicos de los años 1910 a 1920, sobre todo "El Estandarte" y el "Boletín de Noticias", encontramos interesantes avisos comerciales anunciando las excelencias terapéuticas de varios fármacos preparados por nuestros recordados boticarios
. Don Carlos Meir ofrecía productos patentados para curar con facilidad los catarros crónicos, bronquitis, asma y demás afecciones del pecho, señalando el valor de tres reales cada frasco. En un anuncio en letras grandes, advertía con orgullo, que más de quince mil personas se habían curado con esta panacea. Las Gotas Tocológicas aprobadas por la Junta de examen y clasificación de Medicinas Secretas, era otro producto elaborado por Don Carlos con grandes éxitos en "curas radicales de enfermedades de la mujer, provenientes de los desarreglos". Vino de Glikolina, vermífugos, pildoras contra el paludismo y numerosos medicamentos surgieron del laboratorio de la Botica Alemana a precios que oscilaban entre un real a cuatro reales y medio.

Federico Escarrá en cuyo anuncio se observa como egresado de la UniversidadCentral, ofrece un Elixir Vegetal para regularizar el flujo menstrual, calmar los cólicos que acompañan a las mujeres que tienen reglas irregulares y débiles, usándose además como preciso agente para la esterilidad ori¬ginada por las alteraciones de las funciones más importantes de la mujer. El frasco costaba cuatro reales. Pedro D. Martínez en su Botica Principal preparaba numerosos medicamentos contra el paludismo, enfermedades venéreas, sífilis, etc., entre ellos uno aplicado en inyecciones y ungüentos, patentado como "Depro". En general, la mayoría de los boticarios eran el "paño de lágrimas", de las familias pobres, en eso de recetar a los enfermos y orientarlos hasta donde sus conocimientos le permitían. La verdad es que prestaron a la salud pública grandes servicios en forma desinteresada.

32- Fantasmas y aparecidos



Tanto en la época colonial como en la etapa rural de la naciente república, las capas sociales de bajo nivel cultural y algunas surgidas de núcleos moldeadas en caducas concepciones morales, mantenían creencias fanáticas amasadas en versiones orales sobre supuestas apariciones de fantasmas, y otras basadas en leyendas y tradiciones que los africanos trajeron cuando los esclavizadores los aventaron en tierras americanas.
De ese fanatismo religioso convertido en temor sobre todo aquello que refleja el más allá, fue hábilmente aprovechado por numerosos don Juanes para lograr sus propósitos cuando las viejas y celosas guardianes de apetitosas jovencitas descuidaban sus obligaciones maternales arrinconándose en improvisados altares para rezarle a las ánimas benditas del purgatorio.
La llorona, el ánima sola, el seretón, el jinete sin cabeza, el carretón, la cochina parida, la muía maniá, la sayona, la viuda loca y otros personajes de leyendas, tejieron mil historias en la fantasía de las abuelas, algunas de las cuales sonreían picarescamente al recordar sus aventuras juveniles protegidas por el temor que causaban los "aparecidos".
La Borburata de Pedro de Alvarez que sintió la inclemente rapiña de cuanto aventurero surcó las aguas del Caribe, fue escenario para el montaje de algunas travesuras fantasmales contabilizadas a ciertos Capitanes o a Capellanes que cuidaban sus reputaciones. Era fácil maniobrar en aquellas calles oscuras, sobre brio¬so caballo o encapotados profiriendo escandalosos gritos semejantes a lamentos de ánimas en pena, para que la mayoría de los vecinos buscaran refugio en sus hogares, asegurando puertas y ventanas, pero descuidando a veces los portones del amplio patio, sitio aprovechado por el "don Juan" para lograr sus propósitos amorosos, mientras los demás dormían abrazados a sus miedos.
Lo barrios de San Millán, Matadero, Campo Alegre, hasta calles y callejones oscuros y solitarios del viejo puerto, conocieron la presencia del "corretón", del "Jinete sin cabeza" y la "cochina parida", que ampararon a sus creadores mientras en avanzadas horas de la noche, éstos disfrutaban el dulce encanto ofrecido por alguna dama casquivana que escondía la identidad cubriendo el bello rostro con su mantilla sevillana o en todo caso, la viuda coquetona temerosa de murmuraciones.

31- La Plaza Flores



La tradicional Plaza Flores de Puerto Cabello conocida universalmente a través de la hermosa composición poético-musical de Italo Pizzolante, durante muchos años fue rebautizada con nombre de políticos en ejercicio del poder absoluto de Venezuela.
Este hermoso parque de frondosos y acogedores árboles, representa un símbolosentimental del puerto de todos los tiempos. Una alameda rica en leyendas donde las abuelas tejieron los más bellos romances frente al azul del mar y bajo el azul del cielo.
En una época, protegida por barandas de hierro que le daban fisonomía de monumento, sirvió para el encuentro casual de viejas amistades para confortar el espíritu ante el verdor de palmeras y almendrones, para el beso furtivo de enamorados o en otras ocasiones para despedida de viajeros a continentes lejanos.
Cerca del lugar conocido como la "planchita" se encontraba el Kiosco de "Ugueto" donde niños, jóvenes y adultos disfrutaban de sabrosos helados mantecados, refrescos y encantador paisaje marinero en el estrecho canal, garganta histórica de los centenarios muelles.
Al grupo de adulantes seguidores del llamado "Ilustre Americano" se les ocurrió la idea de bautizar el parque que se conocía como "La Alameda", con el nombre de "Plaza Guz-mán Blanco". Borrada del mapa político la figura guzmancista, surgió la violenta etapa de montañeses andinos lideradizados por Cipriano Castro y por supuesto, el Concejo Municipal de Puerto Cabello abanderado de servilismo, en sesión solemne le dio un nuevo nombre a ese remanso de paz: "Alameda de la Revolución", luego sería "Alameda de la Rehabilitación", y por último "AlamedaCipriano Castro".
Excecrado, maldecido, expulsado y calumniado el "Mono de Capacho" el mismo cuerpo edilicio qué endiosó la figura del célebre "Cabito", para halagar a Juan Vicente Gómez quiso cicatrizar sus heridas bautizando la calle entre el Hotel de Los Baños y el viejo Colegio de San Joáé de La Salle, conocido como "La Muralla" con el pomposo nombre de "Avenida Gómez".
En cuanto a nuestra tradicional Plaza, la municipalidad acordó designarla con el nombre de "General Juan José Flores" en homenaje a este Ilustre Hijo de Puerto Cabello, Procer de nuestra Independencia y fundador de la República del Ecuador.
Sesión Extraordinaria del día 5 de julio de 1909.
Presidiendo el Doctor Eudero López y con asistencia de los Diputados: doctor Montenegro, Primer Vicepresidente: doctor Mendoza, Segundo Vicepresidente: doctor Centeno, Síndico Procurador: Manuel Belisario González, se abrió esta Sesión.
El Presidente ordenó la lectura de la convocatoria para exponer el objeto de la reunión, que era el de dictar un Acuerdo para cambiar el nombre de la "PlazaCastro", y seguidamente propuso el Diputado Doctor Montenegro el siguiente proyecto de acuerdo, que se admitió y aprobó:
El Concejo Municipal del Distrito Puerto Cabello.
Como ofrenda a la memoria de los Libertadores de la Patria en el magno día de hoy, 5 de Julio de 1909, 98 Aniversario de la Independencia.
ACUERDA
Artículo 1° - El paseo público conocido con el nombre de "Plaza Castro", se denominará desde hoy "Plaza Flores", en patriótica recordación del General Juan José Flores, esclarecido Hijo de Puerto Cabello y distinguido adalid de la Emancipación Americana.

Artículo 2° - Publíquese. Dado en el Salón de Sesiones del Concejo Municipal, S.S.

30- Tortura y muerte en el silencio de la noche



Su nombre era Tomás Faneite. Contaba apenas 29 años cuando el destino le jugó una mala pasada para tronchar su vida. Esbirros de la Seguridad Nacional, soporte de un régimen corrompido, lo asesinaron con saña lombrosiana sin importarles su angustiada protesta. Se le acusaba de un delito que la imaginación criminal de los victimarios fabricaron para silenciar su voz.
Su nombre era Tomás Feneite y murió horriblemente torturado en la oscura habitación que Seguranal había acondicionado para estos abominables fines. No soportó aquel hombre que había comenzado a transitar por senderos adultos, la golpiza que le propinaron buscando una confesión de culpa imposible de lograr por algo inexistente.
Su nombre era Tomás Faneite y su delito fue, además de joven con mirada desafiante, ser militante de una organización política desafecta, aunque tímidamente, al gobernante que bajó igualmente de la montaña como Juan Vicente Gómez, para saquear las arcas del tesoro público, por medio del terror y el vejamen.
Su nombre era Tomás Faneite, pero el médico forense que levantó el informe legal sobre aquella injusta muerte, afirmó desconocer la identidad de la víctima para certificar el deceso por suicidio. Brazos y yugular fueron cercenados como prueba del suceso: "el preso se quitó la vida utilizando fragmentos de un plato de loza con los cuales se cortó las venas provocando hemorragias intensas". Como Poncio Pilatos, el forense se lavó las manos y estamos seguros que rnás tarde en la soledad del hogar, vomitaría aquella podredumbre.
Su nombre era Tomás Faneite a quien nadie escuchó gritar su angustia de moribundo solitario. Ni siquiera presintió en su agonía la proximidad de los verdugos silbando baladas de una alegría trágica, poniendo como vendajes de escarnio todo cinismo para acelerar la muerte. En aquella noche larga en que los bárbaros punteaban sus instrumentos para la tortura final, una madre lejana ignoraba el triste destino de su hijo.

Su nombre era Tomás Faneite y murió con sus visceras salvajemente destrozadas sin conocer la identidad de sus torturadores. La realidad de su delito la consignó lahistoria cuando la patria retornó al sosiego. Su nombre tal vez se lo tragó el olvido, mientras sus victimarios continuarían prestando servicios a otras policías del Estado, utilizando métodos distintos, pero con la misma crueldad del resonar siniestro de sus risas y el estallar furioso de sus látigos.

29- La leyenda de Telésforo Herrera



Desde la Conquista hasta la Colonia y tal vez durante las dos primeras décadas del siglo diecinueve, la zona de Borburata tuvo fama de poseer ricos yacimientos de oro, sobre todo en las márgenes del río y en las montañas vecinas deSan Juan y Patanemo. Algunos documentos registrados o autenticados en los primeros meses del siglo veinte, testimonian la presencia en la región, de algunos sitios donde fueron extraídos pedazos del rico metal.
Telésforo Herrera fue unpersonaje de leyenda que en 1831 contando catorce años de edad, tomó parte activa en la triste aventura conocida como "Rebelión de los Moroneros", cuyos dirigentes, una vez sofocada la insurrección fueron ejecutados en Puerto Cabello, en el lugar donde años más tarde la familia Kolster construyó su lujosa residencia.
El Tribunal Militar que conoció del caso en un amañado juicio breve, perdonó a Telésforo tomando en consideración su minoría de edad. Se alistó a los diez y nueve años en las filas de las tropas comandadas por el General Zamora, destacándose por su extraordinario valor y audacia. Finalizada la Guerra Federalcuando aun estaban calientes las cenizas de la larga contienda civil, se residenció en compañía de su esposa en una humilde vivenda de Valle Seco.
A partir de esta fecha comenzó a tejerse la leyenda de Telésforo Herrera. Desde el viernes en la tarde se internaba en las montañas regresando el lunes en la madrugada con extraños paquetes envueltos en hojas secas, cuyo contenido extraía meticulosamente, alejado de curiosos y hasta de su propia mujer. Eran pedazos de oro que luego vendía a joyeros de Puerto Cabello y Valencia a precios irrisorios, pero que le permitían sobrevivir.
El hombre se había tornado desconfiado hasta de su sombra; pasaba los días sin tener contacto con seres humanos, cambiando algunas frases de rigor con su compañera de hogar cuando necesitaba de sus servicios. Numerosos curiosos deseando conocer los secretos de Telésfofo le seguían los pasos al internarse en la tupida vegetación de San Esteban, Patanemo o Borburata, pero éste siempre burló a sus seguidores borrando toda huella que delatara su presencia.

El personaje murió pobre a edad avanzada en la población de Patanemo donde cerca de la playa había construido una modesta casa. Lo enterraron en elCementerio del lugar ubicado a orillas del río y con él se quedó para siempre el secreto de las minas de oro.

28- Salim y la mujer del barbero



De los barberos que trabajaron en Puerto Cabello durante la tercera década de este siglo, recordamos a uno de ellos establecido en la casilla N9 25 del Mercado Municipal, en el sector de la Calle Bolívar. Este personaje estuvo involucrado en un suceso amoroso que pudo haber degenerado en tragedia, pero felizmente el epílogo finalizó con características humorísticas.

Por versiones orales de las personas vinculadas a este romance apasionado de la mujer del barbero con un joven extranjero, conocimos detalles propios de la época del Cine Silente del "musiú" Florenzano, el Coche de Carrillo, serenateros madrugadores, la "resbaladera" de Felipe, la flota de transporte de Torito con sus carros tirados por muías y la "Tanda Roja" de Juan Segundo.

El barbero mantenía relaciones concubinarias con una hermosa morena de ojos color de miel, pelo liso negro que cubría su torneada cintura, labios tentadores, pulposos, que movía con nervioso ritmo cuando hablaba; ella sola, completa, era una tentación del diablo, según afirmaban algunas viejas beatas vecinas del Templo Nuevo.

Salim, era el nombre de un joven libanes recién llegado al puerto y como sus parientes que arribaron antes a estas tierras, se dedicó al negocio de la venta por cuotas en ambulante peregrinar por calles y angostos callejones de la vieja ciudad. Las amas de casa de ayer y de hoy, sobre todo las de escasos medios económicos, agradecen este tipo de comercio donde pueden adquirir la mercancía en cómodos plazos semanales; "si es fiado, no importa el precio", decían algunas al realizar el negocio con el vendedor, pensando ya, echarle el "carro", sin darse cuenta que con su cuota inicial habían cancelado el producto adquirido.

La concubina del fígaro se hizo cliente permanente del "turquito" y paso a paso, con la anuencia de éste, fue abultando su cuenta hasta una cifra imposible de ser cancelada con los escasos dineros que recibía del marido. Entre vendedor y com¬pradora se había establecido un acercamiento íntimo, que le permitía a Salim saborear de tarde en tarde un aromático café y sentir a veces el roce ardiente de la tentadora morena cuyo cuerpo después del baño, producía un agradable olor a pan re¬cién sacado del horno. Y Satanás metió su mano para encender la llama que tan¬to el descendiente del Rey Salomón, como la guapa morena, mantenían latente. Todo marchaba bien para la pareja, hasta una noche en que fueron sorprendidos por el amante engañado. Este sujeto solamente visitaba a la mujer, a quien los hombres casados llamaban "la querida", los días lunes, miércoles y viernes; los restantes eran para el disfrute del musiú y la bella dama.

Una noche del sábado, el fígaro había consumido en fiesta familiar, varios tragos que calentaron su sangre de varón. No era posible consumar su lúbrico deseo en aquel ambiente y bajo el socorrido argumento de comprar cigarrillos, se alejó presuroso del lugar, siguiendo la ruta del nido vecino a la Planta Eléctrica, donde seguramente, según sus pensamientos, lo es¬tarían esperando ardorosamente.

Sigilosamente abrió la cerradura que cedió a la vuelta de la llave alcahueta; la puerta franqueó la entrada al galán que con pasos de felino cazador, se fue acercando hasta el lecho que él presentía tibio por el calor que despedía el cuerpo de su amada. El ruido raro parecido a un concierto de mil ratones emitiendo "chirridos" oxidados, lo alertaron para ponerse en guardia y observar a la hermosa morena enlazada entre los musculosos brazos del joven libanes.

Sin pronunciar palabra desando sus pasos y antes de salir a la calle, de un punta pie tumbó el pequeño fonógrafo que reposaba encima de una caja vacía. El "turco" y la morena saltaron presurosos y cada cual buscó su refugio para cubrirse de la presunta ira del ofendido. La mujer se escondió detrás de un armario y el "turquito" con pantalón, camisa, zapatos y calzoncillos en los brazos, como una liebre asustada brincó la cerca del patio y en veloz carrera por los plagosos manglares se alejó de la zona del peligro.

La luna llena iluminaba la bahía interior haciendo más verde el tupido manglar. En su desesperada huida, el "vendedor por cuotas" dejó retratada su figura en las pupilas del barbero. La luz de la luna denunció su presencia desnuda, entre las ramas y aguas fangosas.

Hacia el Bar "España" cerca de los muelles, emprendió la marcha el barbero del amor perdido. Allá trató de ahogar sus penas consumiendo ron "Víctor Díaz" acompañado de la sabrosa Kola Bernotti. Entre humos y vasos de alcohol, un borrachito acompañado de su guitarra tarareaba, tal vez con despecho, la melodía famosa de Gardel: "Tomo y obligo, mándese un trago, de las mujeres mejor no hay que hablar" y la voz se le apagaba entre gritos histéricos de los parroquianos y el silbato de los buques despidiéndose del puerto. Pasaron algunos meses y el musiú Salim ignorando que el barbero de la casilla 25 era casualmente el marido de aquella mujer, solicitó sus servicios para un corte de pelo y barba. El profesional se puso en acción inmediata sin dar manifestaciones de asombro por la presencia del joven, a quien identificó plenamente gracias a la luz de la luna, cuando corría asustado entre manglares y aguas estancadas, al ser sorprendido en la habitación de su concubina.

Los barberos por lo regular son buenos conversadores y para cada cliente tienen motivos de amena charla; poseen un sentido sicológico especial y nadie se escapa a su natural erudición para el planteamiento de todos los problemas que afectan al género humano y sus posibles soluciones. El silencio de Salim lo rompió el hombre del peine y la tijera cuando le preguntó el número de conquistas amorosas que había logrado en sus correrías por calles y aledaños del puerto. Al iniciar la conversación, el barbero hizo su análisis del amor y la infidelidad de algunas mujeres y el amargo trauma que ocasionaban aquellas inconsecuencias.

Impertubable, el "turquito" escuchaba la erudita charla; no le importaba el asunto, no era cosa que le afectara y por otro lado, entendía escasamente el contenido del problema ya que apenas hablaba el español. Mientras la navaja afilada se desplazaba por la suave piel enjabonada de la cara del tranquilo cliente, el barbero realizó su tremenda faena para el puntillazo final.

—Te agradan las mujeres ajenas musiuíto. . ? preguntó con pasmoso cinismo.

—No..! baisano, contestó sin apremio el hombre sentado en una silla Koken recién estrenada.

—Qué bien, replicó, el barbero, porque yo no me la llevo con tipos que buscan gallinas en gallineros ajenos. Siguió la operación con el deslizar de la navaja hasta si¬tuarse encima de la garganta. En ese momento, aquel hombre parecía transformarse en Drácula al relatar el suceso de aquella infortunada noche. Detalladamente deshiló recuerdos, sin in¬mutarse, sin quebrarse la voz, casi gozando de una morbosa venganza que llevaba escondida.

Yo conocí al intruso que sorprendí en los brazos de mi amante, dijo el hombre, mientras el sudor comenzaba a brotar de los poros del cliente. Yo lo vi perfectamente cuando desnudo se escapaba velozmente entre aguas manglares, repitió con insistencia como disfrutando de un triunfo anhelado. Terminado el trabajo del corte de barba, el pobre "musiú' parecía un bloque de hielo: frío, intensamente frío, con las articulaciones casi paralizadas.

El barbero lo agarró por los brazos, le ayudó a pararse de aquel instrumento de tortura y con una sonora carcajada trató de aplacarle el miedo a su asustado cliente diciéndole:

—Musiuíto. .! no te preocupes, que yo estoy inmensa¬mente agradecido de tí, por haberme ayudado a quitarme de encima a esa morena infernal que me tenía embrujado.

Lo siento baisano, lo siento mucho, repitió Salim. Pagó los tres bolívares del servicio, se sacudió el pelero depositado en su cuello, con gesto nervioso se ajustó la correa, tosió y casi sin despedirse salió como estampida por la puerta de la barbería para no regresar jamás a ese lugar. El barbero con sonrisa maquiavélica murmuraba frente al espejo: ese "carajito" más nunca volverá a meterse en camisa de once varas y cerró el episodio silbando una balada de moda.

27- Diez bolívares al brincar el tranquero



En el año 1923, siendo Presidente de la Municipalidad el doctor Carlos B, Mas, se aprobó en Cámara una Resolución tendiente a lograr fondos que permitieran a las escuálidas rentas del municipio, cumplir algunas obligaciones administrativas prioritarias.

Una de las bases fundamentales argumentadas por los ediles, era el hecho irregular observado tanto en el Cuartel de Policía como en la Cárcel de la Corrección, sitios destinados a depósitos de presos con penas transitorias entre 24 y 72 horas, así como otros que permanecían durante mayor tiempo por orden superior de algún jefe venal. Los detenidos por delitos menores, sospechosos o con causas comprobadas, causaban no solo congestionamiento en los referidos establecimientos, sino problemas sanitarios y alimentarios que debían resolver las autoridades municipales.

La situación se agrava gradualmente, por el alto índice de desempleo, la inmigración anárquica llegada a la ciudad de Estados vecinos y la proliferación de vagos, beodos, pendencieros y otros núcleos humanos desadaptados por la crisis económica imperante.

El acuerdo con el voto unánime de los cinco concejales que integraban la Cámara Municipal, se refería a la necesidad de crear el impuesto de "Excarcelación", con el fin de equilibrar las rentas y lograr "el más alto nivel de moralidad en el Distrito". No hubo discriminación en la señalada disposición, por cuanto toda persona arrestada que ingresara tanto al Cuartel de Policía, como a la "Casa de la Corrección", al cumplir la pena impuesta debía cancelar previamente, para lograr su libertad, la cantidad de diez bolívares, consignados en la Ad¬ministración de Rentas. Este impuesto de excarcelación se aplicó con rigidez a culpables e inocentes, sin determinar el tiempo de reclusión.

Además de las sanciones acordadas por el Municipio, se unían las impuestas por el célebre Coronel Retama, que consistían en el trabajo obligatorio de todos los detenidos por alterar la tranquilidad de la ciudadanía. Sobre estos casos, se conocieron relatos llenos de picante humorismo y uno de ellos se refiere al "Cabo de Presos", quien al recibir la Boleta de Ex¬carcelación de algún detenido, le gritaba desde la reja:

—Fulano. . .! con su corotos a la puerta, pero recuerda: "Preso que brinca el tranquero, diez bolos para el sombrero".

26- El cura Melitón



En una modesta casa situada en la calle Valencia de este puerto, vivió hace muchos años un solitario sacerdote que había perdido el uso de la razón; el pobre hombre, abandonado, sin familiares ni amigos, sólo contaba en su refugio, aislado de la sociedad, con la permanente compañía de un gato y un perro sarnoso que en las noches oscuras anunciaba su hambre, la-drándole a las sombras.
El infeliz orate era conocido como el Cura Melitón, de nacionalidad española, supuestamente aventado a nuestras tierras formando parte de grupos de religiosos enviados por España para reforzar las Iglesias Católicas de América. Existía la posibilidad de haberse enfermado en la travesía y luego abandonado a su suerte en los muelles de Puerto Cabello.
Personas piadosas de la vieja ciudad le brindaron asilo en aquel lugar que formó parte de su Santuario. Las paredes mohosas golpeadas por el tiempo, sirvieron de marco en su círculo de piedras para colocar un antiguo crucifijo cuya edad se perdía en el infinito.
En las noches, la débil luz de velas encendidas iluminaban el rostro entristecido del Cristo del Padre Melitón. Al rezar en perfecto latín, los incrédulos que asomaban su curiosidad por las hendidudas de la destartalada vivienda, dejaban prendida en su fe, la auténtica condición religiosa del viejo loco de la calle Valencia.
La duda surgía al comenzar aquel hombre, algunas prácticas de raros exorcismos, acompañados de diabólicas gesticulaciones con impresionantes ademanes, finalizadas al agotarse totalmente las energías de su esquelético cuerpo, quedando extenuado sobre el sucio piso, donde las partículas de alimentos se confundían con ratones, cucarachas y otras alimañas.
Algunas personas asociaban a este personaje con el diablo y otros espíritus malignos, sobre todo, cuando el gato maullaba y el perro ladraba al filo de la media noche. Ignoraban que el pobre hombre se alimentaba junto con los animales, de las sobras que dos venerables y caritativas ancianas les suministraban dia¬riamente, creyendo muchos vecinos que la subsistencia del pre¬sunto sacerdote, se debía a pactos secretos con seres del más allá.
Al sentirse el ladrido lastimero del perro y el aullido agorero del gato, las beatas exclamaban mirando al cielo:

Ya Melitón está invocando al diablo, Dios Sacramentado...! y del fondo de las almidonadas enaguas, sacaban sus rosarios para auyentar a Satanás.

25- El Coronel Retama



En los últimos años del gomecismo ocupó el Cargo de Jefe de la Policía de Puerto Cabello, un coriano precedido de una fama de guapo y "embraguetado" identificado como el "Coronel Retama", pero que a la hora de rendirle cuentas a la justicia popular, al morir el Jefe Supremo de laVenezuela rural empobrecida y humillada, se asiló en la residencia de un amigo extranjero propietario de automóviles de alquiler y autobuses del servicio urbano, quien lo sacó de la ciudad metido en la maleta de un viejo Buick de siete puestos.
Las actividades de este célebrepersonaje que tenía como lugarteniente a un prófugo del Penal de Cayena de apellido Albertini, se conocen por relatos orales de algunas de sus víctimas. El Cuartel de Policía funcionaba en la planta baja del Edificio Municipal, sirviendo de improvisados calabozos con rejas de seguridad, la mayoría de las habitaciones construidas alrededor del patio central.
El Coronel Retama disfrutaba matinalmente el proceso de conteo y selección depresos en el patio central del Cuartel de Policía. A las seis de la mañana los detenidos recibían un baño de agua fría, luego se les colocaba en perfecta formación para escuchar la arenga del Jefe Policial. Antes, un modesto funcionario que apenas sabía deletrear, masticaba nervioso el "parte diario" estipulando el delito cometido y la pena impuesta de acuerdo con su magnitud. La mayoría procedía de sectores mar¬ginales, arrestados por causas leves: embriaguez, discusiones acaloradas y conatos de riña.
—Fulano de tal. . .! diez días de arresto barriendo las calles Bolívar, Valencia,Plaza, Independencia y Mercado, en horario de siete de la mañana a cinco de la tarde.
—Sutano y mengano ...la sacar arena en Santa Rosa y el que palee más, sale pronto en libertad. La lista era interminable señalando obligaciones de tra¬bajos forzados a los pobres arrestados y luego el grito irónico, cruel, salvaje y maldito. . .
—Vagabundos. . .!, rateros :. .! en la hacienda Santa Rosa perdí una sortija con brillantes; quien tenga la suerte de en¬contrarla en la mina de arena, le doy veinte pesos y la libertad.
Con este truco el esbirro pretendía duplicar el trabajo de aquellos infelices y por supuesto lograr mayor producción de arena para su beneficio, por cuanto contaba con el monopolio de este fructífero negocio. A los presos destinados a barrer calles y callejones, les ofrecía libertad si encontraban imagina¬rias prendas de oro extraviadas en la vía pública.

Los inhumanos métodos que se ponían en práctica en la Policía de Puerto Cabello, dieron extraordinarios resultados en cuanto a la erradicación del raterismo y otros delitos menores, pero sembraron el terror en familias desafectas al régimen, ya que estaban expuestas a sufrir iguales humillaciones cuando los jefes políticos no encontraban otra fórmula para silenciar o degradar la personalidad de los supuestos o reales inconformes.

24- El viejo caudillo



Al General Rafael María Llamozas Briceño, un buen día le conocimos en su honorable hogar situado en la calle del Mercado de esta ciudad, muy cerca de la Plazoleta Bruzual y de la casa donde me ajojaba en compañía de un pariente generoso que me brindó asilo para poder cursar la primaria en el recor¬dado Colegio de San José de la Salle.

Nuestra admiración por el viejo caudillo no tuvo límites, ya que el sincero respeto que le profesábamos muchos jóvenes de entonces, se debía indudablemente a la vertical conducta de aquel hombre cuya palabra franca siempre fue testimonio para ratificar su inquebrantable actitud ante la vida.

Muchas anécdotas y leyendas tejieron sus amigos y adversarios sobre la agitada vida de este servidor público que al llegar a Puerto Cabello construyó el local conocido como "Cine General Salom", dedicándose a la explotación de este popular negocio donde sólo cobraban medio real en galería, real y medio en preferencia y un bolívar balcón.

Caminaba el general Llamozas por la Avenida Bolívar en horas avanzadas de la tarde y al cruzar la esquina de la calle Independencia observó la presencia de un sujeto regordete con pronunciada calvicie, de gran parecido físico con un funciona rio del Concejo Municipal muy poco grato por sus actividades comerciales: remates, juegos ilícitos y otros de dudosas manipulaciones.

El viejo político al tratar de evadir al ocasional peatón que confundió con el deshonesto funcionario, se dio cuenta que se trataba de su íntimo amigo don Luis Salóm, persona honorable, de intachable conducta y grandes méritos ciudadanos. La reacción del general Llamozas fue rápida y nerviosa. Agarró a Salóm por el brazo derecho, le pidió excusas por haberle faltado el respeto al confundirlo mentalmente con un vagabundo y ladrón apoyado por el Concejo Municipal, luego continuó tranquilamente su camino.

El General Llamozas, antes de residenciarse en Puerto Cabello, Cipriano Castro lo designó Presidente del Estado Aragua, cuya capital era La Victoria: En el ejercicio de este importante cargo lo visitó un Edecán del Presidente de la República para anunciarle la visita oficial del Primer Magistrado. El meloso funcionario de múltiples actividades en su oficio palaciego, informó al General Llamozas que Castro necesitaba habitación especial para sentirse cómodo en la grata compañía de una dama de cascos livianos.

Ignoraba el portador del insolente mensaje, que la habitación a que hacía referencia correspondía casualmente al respetado hogar del Mandatario Regional. Desconocía la integridad moral de la persona a quien comunicaba la insólita orden. Por eso, la sorpresiva respuesta de Llamozas hizo que saliera como estampida de aquel lugar, para comunicar a su jefe los resultados de la misión.

Dígale al General Castro, que en mi hogar él y doña Zoila serán huéspedes de honor, pero usted, impertinente vagabundo, transmítale igualmente, que con el tipo de compañía que anuncia puede hacerlo en la casa de la autora de sus días La valiente y moralizadora actitud de este Ilustre ciudadano, le costaron su destitución como Presidente del Estado Aragua, el retiro de la confianza política del "Mono de Capacho" y una serie de inconvenientes de orden personal que motivaron su precipitada salida de la Victoria para residenciarse en Puerto Cabello, donde hasta la hora de su muerte recibió los mejores testimonios de amistad y afecto.

23- Pérez Soto y los perros de Lottar Frey



El General Vicencio Pérez Soto, antes de escalar las altas posiciones que logró durante la dictadura gomecista, ejerció el cargo de Gobernador dePuerto Cabello, así se conocía lo que es hoy la Prefectura del Distrito. Para su residencia oficial el mandatario adquirió una lujosa mansión en la vecina población de San Esteban, la cual bautizó con el nombre de "Villa Vicencio".
El entonces Gobernador era de los pocos generales gomecistas de sólida cultura, lamentablemente olvidada en su metamorfosis de gendarme autoritario y prepotente. Al lado de la residencia de Pérez Soto en San Esteban vivía el señor Lottar Frey con su familia y varios perros que cuidaban con mística devoción, desconociendo que a su vecino estos animales le descontrolaban el sistema nervioso.
Los inofensivos canes de Lottar, cuando observaban la presencia de personas ajenas a su domicilio, transitando por la vereda, ladraban hasta que el motivo de preocupación desaparecía del lugar. Esta situación no era del agrado delGobernador de Puerto Cabello y varias veces había solicitado, que esos perros fueran encerrados en lugares alejados del jardín de su residencia. La familia Frey, de origen alemán, respetuosa de las leyes y temerosas de contrariar al Primer Mandatario de la región, durante el día mantenía a los animales encadenados bajo la fresca sombra de un frondoso apamate.
En cierta oportunidad el General Pérez Soto llegó a su domicilio más tarde de lo normal, cuando los perros disfrutaban libertad en el amplio patio, muy cerca de la vereda de necesario tránsito para el alevoso personaje; éste, al escuchar el ladrido de los animales, desenfundó su revólver y de dos certeros dis¬paros los eliminó frente al jardín de sus atemorizados vecinos.
La señora Frey trató de auxiliar a sus perros, uno de los cuales se debatía entre la vida y la muerte, cuando escuchó la voz autoritaria de Pérez Soto que le decía:
Señora. . .! recoja sus animales y dígale a su marido que salga para darle el mismo tratamiento.
Encolerizado entró el general gomecista a su casa y no salió sino al día siguiente sin saludar a los vecinos como era su costumbre. Meses después de este enojoso incidente, Pérez Soto encargó a Berlín un par de hermosos perros que generosamente, disculpando su violenta acción entregó a don Lottar Frey.

Durante las primeras décadas del presente siglo surgieron hombres, que habiendo poseído alto grado de cultura, el Poder los transformó en seres sin sensibilidad humana y sus actuaciones tanto personales como políticas, la historiacontemporánea las registra llenas de injustas arbitrariedades.

22- El principe Heinrich y el baile en el club alemán



En los primeros días de noviembre de 1883, a escasos meses de haberse cumplido el Primer Centenario del nacimiento del Libertador, arribó a Puerto Cabello la corbeta alemana "Olga" en la cual viajaba el Príncipe Heinrich Von Preussen, con el rango de Alférez de Navio y Embajador de Buena Voluntad ante los países de área de las Indias Occidentales.
El Ilustre personaje nacido el año 1862 era nieto del entonces Soberano del Imperio Prusiano y hermano del que más tarde sería el último Emperador de Alemania, el Kaiser Guillermo II. La ciudad se vistió de fiesta para recibir a los visitantes, observándose en las fachadas de residentes alemanes, las banderas de su país de origen y la venezolana saludando con la brisa marina a los alegres tripulantes de la Corbeta Imperial.

En los alrededores del Mercado Municipal se confundieron los catires teutones de mejillas rosadas vistiendo cuidados uniformes blancos, con negros apretados de color tropical luciendo alpargatas de capelladas color de guacamaya. Los mangos, lechozas, pinas, melones y verdes aguacates, así como los apetitosos cambures cuyacos, manzanos y titiaros, desafiaron la gula de aquellos marinos que esta vez visitaban a Puetro Cabello en misión de paz y buena voluntad.

Es posible que estos jóvenes prusianos recogieran en esos momentos la misma estampa que asombró a su compatriota Carlos Fernando Appun, cuando el año 1850 visitó este típico mercado popular: "negras extrañamente vestidas, anudado a la cabeza un turbante para protegerse contra el calor bochornoso, armadas algunas con grandes paraguas, sentadas ante sus objetivos de venta: frutas tropicales que ofrecen al paseante en su galimatía".

La Colonia Alemana residenciada en Puerto Cabello para agasajar a su Alteza Real, programó el 10 del mismo mes un Baile de Gala en los salones del Club "Gul-Heill" ubicado en la calle Comercio, al lado de la Plaza Salom.

Este acontecimiento social contó con la presencia de distinguidas personalidades de Puerto Cabello y Valencia, entre ellas el General José Félix Mora, Jefe Civil del Distrito. La narración muy amena de este histórico acto, la encontramos en el valioso trabajo publicado por el doctor Enrique Aristiguieta Gramko, bajo el título de "Historia de Tres Navios".

Los importantes datos aportados por el Dr. Aristiguieta en su obra citada, se refieren en su mayor parte a la presencia en este puerto de la nave de guerra alemana, condensando el apretado programa de agasajos ofrecido al Ilustrepersonaje, sin mencionar las incidencias que giraron aquella noche a través del acto social bailable.

El mismo autor de "Historias de Tres Navios", en nuevas investigaciones realizadas personalmente, encontró en una vieja chivera de la ciudad capital de la República Federal Alemana, un libro de fines de siglo pasado, en el cual se narra el viaje del Príncipe Prusiano y el problema surgido entre el llamado "pueblo soberano" y los organizadores del homenaje que se brindó en Puerto Cabello, cuya reseña por lo anecdótico e histórico copiamos a continuación:

"Después de una segunda visita a la Isla de Trinidad, la corbeta "OLGA" navegó a lo largo de las costas de Venezuela y esta vez ancló frente a Puerto Cabello. Este es un puerto situado al oeste de La Guaira, que domina el tráfico con ultramar, y donde muchos alemanes que manejan el comercio al por mayor, han encontrado su segunda patria. Durante su estadía de siete días, el Príncipe HEINRICH hizo algunas excursiones al interior del país, y tomó parte en muchas fiestas de la colonia alemana, que se había preparado para recibirlo. Entre otras fiestas, cabe destacar el gran baile celebrado en los locales del Club Atlético Alemán; a tal efecto, los lo¬cales fueron decorados de una manera rica y con los colores nacionales alemanes. Además, dichos locales fueron decorados también conflores y el buffet estaba colmado de delicias tropicales. Este baile causó una rara dificultad, que provocó el desconcierto tanto de los visitantes como de los anfitriones. Según vieja costumbre local, durante las fiestas de este tipo, las ventanas se dejan abiertas para que el público tenga la oportunidad de saciar sus grandes deseos de ver. Esto se llama "tener acceso a la barra", porque bajo ese nombre se entienden las rejas de hierro con las cuales están protegidas las ventanas de la planta baja, contra visitantes indeseables. Cuando el Príncipe HEINRICH entró en la sala de fiestas, se pasó por alto esa costumbre y fueron cerradas las puertas y ventanas para que los huéspedes de alto rango no fuesen molestados con el excesivo interés de todos.

Apenas comenzó el primer baile, empezó a caer un diluvio de piedras sobre el techo del edificio de un piso. Por supuesto, la sorpresa fue grande; los invitados 'de la "Olga" miraban a su alrededor y los jóvenes oficiales sacaron sus armas, dispuestos a disparar y vender lo más caro la vida del Príncipe.
Tampoco los guardias sabían de qué se trataba, hasta que se dieron cuenta, de que el pueblo soberano estaba expresando su desacuerdo por haberse cerrado las ventanas. El Príncipe fue inmediatamente informado de la causa del disgusto delpueblo, que era porque se había eliminado una vieja costumbre popular, en vista de lo cual en seguida se dio la orden de abrir las puertas y ventanas de nuevo. Una vez hecho esto, "el pueblo soberano", como les gusta a los venezolanos llamarse, festejaron con gritos esta decisión".


La versión del citado suceso aparece en el libro "Die Westindienfahrt Prins Heinrich" del escritor alemán E. Von der Boeck, tercera edición. Otto Drewitz, Verlag Von Volke und Jugend Schriften, Leipzig 1884. La traducción del título en español es la siguiente: "El Viaje a las Indias Occidentales del Príncipe Enrique".

21- La fábrica de cerveza



El agua del río San Estebanque baja de la montañala¬miendo musgos, durante siglos calmó la sed de los porteños y de cuanto marino aventurero recalcó a este litoral en la búsqueda del vital líquido.
Viajeros famosos que llegaron de latitudes más allá de los océanos, alabaron las maravillosas condiciones de estas aguas con sabor a fruta madura y a panal desprendido de ramas secas. Científicos europeos conocieron de sus bondades y difundieron el hallazgo.
Agustín Helmund representante de la empresa denominada "Cervecería Puerto Cabello -Valencia", en consideración a las virtudes excepcionales ofrecidas por nuestra histórica fuente fluvial, acordó solicitar autorización al Concejo Municipal con fecha 11 de octubre de 1895, para instalar en este puerto una fábrica de cerveza tipo "pilsen". Los trabajos se iniciaron en un galpón situado entre "El Portachuelo" y "La Caja de Agua".
Los interesados aseguraban que en esta ciudad además de encontrarse parte de la materia prima para una producción de óptima calidad, contaban con excelentes vías de comunicación terrestre, férrea y marítima, con mercados en las áreas centrales, de Oriente y Occidente del país. El 15 de diciembre de 1896 construyeron un pequeño acueducto con tuberías de cuatro pulgadas, desde "Paso Real" hasta la fábrica.
La inauguración de esta Industria contó con asistencia de diversas personalidades de Caracas, Valencia y Puerto Cabello. El acto se realizó el 24 de enero de 1897 en horas del medio día. En el brindis, Iqs conocedores de la materia, sobre todo europeos, elogiaron la bebida por su calidad y sabor competi¬tivo con las mejores del mundo.
Cercana a la zona portuaria, en un local ubicado frente a la Plaza Flores, para la época conocida como de la "Revolución", el comerciante Miguel Falcón instaló un expendio al de-tal del refrescante producto. Este popular establecimiento era muy concurrido no sólo por vecinos de la ciudad, sino de viajeros procedentes del exterior que hacían escala en el puerto.