lunes, 30 de noviembre de 2015

40- Personajes populares Cielito Azul



Era un personaje de leyendas, este hombre de figura atlética y ademanes de Caballero de la Corte de Zares, Reyes o Emperadores. Se desplazaba por las viejas calles del puerto, impecablemente vestido de azul, con zapatos, medias y corbatas del mismo color, que resaltaban una elegancia que él manejaba con absoluta maestría.

Pocas personas conocían sus nombres y apellidos, así como el lugar de su residencia y zona de trabajo. El pueblo con la chispa criolla que es parte de su patrimonio personal, bautizó al sujeto como "Cielito Azul", pero una dama entrada en años cuya residencia estaba ubicada precisamente en la ruta transitada por el humano azulejo, al paso de éste le gritaba con todas las fuerzas de su mala intención. . . Adiós. .! Peíto Azul. Y este apodo para toda la vida, quedó estampada en la humanidad de aquel ciudadano.

39- Personajes populares Cabuyita



El anciano con su pesada carga de años, lentamente contabilizaba sus pasos, como retardando el arribo a su ruta final.
En la juventud de este hombre, según versiones orales de viejos porteños, mantenía extrordinaria agilidad en sus desplazamientos diarios, que motivaban elogiosos comentarios para su orgullo personal. Transitando años, su octogenario espacio vital, conservaba rasgos de su antigua condición física, sobre todo cuando algún travieso transeúnte le gritaba en plena vía pública un sobrenombre que lo llenaba de enojo. . . Adiós. .! Cabuyita; al escuchar el agraviante saludo, sacudía su esquelética figura, garrote en mano, hacia el lugar donde el insolente le faltaba el respeto y desde su cansada garganta como una estampida salía la voz cargada de protesta con incendiarias palabras involucrando a la madre del insolente.

38- Personajes populares El loco Eloy



Lo conocimos cuando transitaba por las concurridas calles de la ciudad, acompañado de una grata sonrisa y su típico saludo a los numerosos transeúntes que encontraba en su camino. Tenía una memoria privilegiada para identificar a las personas por sus nombres y apellidos. Su presencia infundía simpatía y todos sus saludos los correspondían con amabilidad sin lesionar la personalidad de aquel hombre inofensivo.
Nuestro famoso personajefrecuentemente expresaba su fe bolivariana, llegando al colmo de escoger la quietud de la media noche para invocar a viva voz el espíritu delLibertador:
Bolívar. . . donde estás. . . ? y esto lo repetía con vehemencia.
La oportunidad se presentó una noche, cuando las estrellas se escondieron en las nubes y la luna silenció su luz para cubrir la zona de tinieblas. Un vecino del Club Los Rivales, fastidiado de las periódicas incursiones del orate para invocar aBolívar, cuando éste comenzó su oración con la mirada perdida en el firmamento y los brazos en alto:
Bolívar. . . ¿Dónde estás. . . ? sorpresivamente salió tapado con una blanca sábana, contestán¬dole con la voz ronca como salida de profunda caverna: Eloy..! aquí estoy... ¿qué quieres..?
Y eso bastó para silenciar definitivamente al trasnochador bolivariano, quien emprendió veloz carrera hacia San Millán, dejando atrás los motivos para esta narración. Eloy tal vez había escuchado los temerosos susurrqs de grupos desafectos a la dictadura perezjimenista, que en horas de la tarde se reunían en laPlaza Concordia. Tomando para sí, a quellas protestas silenciosas, se paró encima de un banco del pequeño parque y con toda la fuerza de sus pulmones gritó la peligrosa consigna de la época:
Abajo Pérez Jiménez. . . Carajo. .!

Días después, el cadáver de aquel infeliz loquito permanecía en la Morgue delHospital Municipal, víctima de la golpiza que le propinaron los esbirros del régimen. En una fosa cualquiera del viejo Cementerio de Campo Alegre inhumaron sus restos; en el lugar desapareció todo vestigio de su presencia física y ni siquiera un ladrillo quedó para identificar su tumba.

37- Personajes populares Caraotica



Entre los personajes populares cuyo recuerdo permaneció hasta finales de la tercera década del-siglo xx, se encuentra un "Cochero" conocido como Caraotica, por haber perdido su identidad entre el humo maloliente del tabaco en rama y el exceso de alcohol barato alojado en su esquelética humanidad. El año 1919 la ciudad sufrió los rigores de una epidemia diagnosticada como "gripe española", cuyo saldo trágico cubrió de dolor a gran parte de la población. La enfermedad no respetó clasessociales: ricos y pobres, blancos y negros, fueron víctimas de este morbo, que según los médicos sanitaristas procedía de Europa.
En la Sabana de Santa Lucíase acondionó un terreno para sepultar los centenares de cadáveres que la peste dejaba en su tránsito de muerte por todos los rincones del pueblo. La sanidad encargó a Caraotica el trabajo de transportar la peligrosa carga hasta su última morada. Este hombre y el célebre personaje de la "Barca de Carente", tenían gran similitud.
El Carretón tirado por una famélica muía hacía su diario recorrido por calles y callejones donde el luto ensombrecía el corazón de sus habitantes. Macabra visita la de aquel "Caraotica", cuando después del toque a la puerta de la vivienda preguntaba con voz melosa: Cuántos muertos hay en esta casa...? Los cadáveres recogidos a domicilio para llevarlos a la fosa común de Santa Lucía, llenaban el apretado espacio de aquel peculiar transporte urbano. Uno, dos, tres y hasta diez, contaba con amplia sonrisa "el cochero de la muerte". Por cada cliente cobraba unbolívar y el premio de una botella de caña blanca en cada viaje.

Existía un sórdido rumor en el pueblo sobre la conducta de "Caraotica" y su cadavérica clientela: cuando algún viajero infortunado tirado al carretón por un diagnóstico improvisado sobre su muerte, lograba sobreponerse durante la dura travesía y gritaba desesperado para advertir al conductor que él aún vivía, el célebre cochero le respondía con toda la mala intención que su estado etílico le permitía: Cállese carajo. . .! usted está muerto y al joyo va. . .! y así era.

36- Personajes populares El cometón



En los alrededores del mercado municipal y la Plaza Concordia, durante muchos años trabajó vendiendo billetes de lotería, un sexagenario cuya voz ronca motivó que los jóvenes de entonces le bautizaran con el sobrenombre de "Cohetón".
Al principio sonreía complacido a los niños, cuando éstos simulaban el vuelo del artefacto explosivo y luego su ruidosa detonación. Los muchachos una vez que cumplían su misión de molestar al viejo billetero emprendían la fuga rumbo a susescuelas u hogares.
El sonido característico del cohete en su ascenso vertiginoso, lo imitaban con un silbido largo y profundo que finalizaba con el estallido. Las chanzas se prolongaron haciéndose cada día más pesadas para la víctima, hasta el punto de perder el sexagenario su identidad personal, ya que todos lo conocían como "cohetón".
Un joven estudiante valenciano paseaba con un amigo por la calle Bolívar y al llegar a la plazoleta del mercado encontraron al célebre vendedor de billetes. El acompañante porteño le sugirió al valenciano que hiciera una imitación del vuelo de un cohetón y cuando éste comenzó su largo silbido, sintió en la espalda la fría mano del anciano, quien con su ronca voz le gritó:
—Revienta, muérgano, revienta, para reventarte el alma..!
El muchacho alarmado, considerando que era víctima de un loco, comenzó a gritar pdiendo auxilio, mientras el viejo "cohetón" le gritaba:

—Muchacho pendejo. . .! no te asustes que ya se me acabó la pólvora. . .

35- Leche a domicilio



Durante las primeras décadas "del presente -siglo hasta la etapa del desarrollo industriallácteo, en puerto Cabelló trabajaron pequeños comerciantes ambulantes, que se ocupaban del expendio de algunos alimentos a domicilio; los más populares y consecuentes, eran los repartidores de pan y leche. En esta oportunidad reseñaremos la actividad de los conocidos como "lecheros", hombres laboriosos que al filo de las oscuras y frías madrugadas, antes que el canto de los gallos anunciara la proximidad del alba, ya regresaban con sus primitivos transportes conduciendo el producto del ordeño desde corrales deUrama, Morón, Goaigoaza,Borburata y La Salina.
Nada tenían en común estos hombres con aquellos igualmente conocidos como "lecheros", pero por causas diferentes: tacaños, hambreadores, avaros, enfermos de codicia, cabalgando sobre su propia miseria espiritual. Nuestros personajes eran individuos cordiales, desprendidos, bondadosos, sólo enriquecidos de su natural malicia en el arte de "bautizar" el producto para lograr pequeñas ganancias en sus duras tareas. Entre ellos, se encontraban venezolanos y españoles canarios, adaptados a nuestra idiosincracia. Tenían su pequeño universo amparados por una masonería de respeto mutuo y fidelidad comercial.
Los cántaros repletos de tibia y fresca leche, con un espesor envidiable por el buen "pasto" que alimentaba el ganado vacuno, se conducía en "quitrines", carros accionados por tracción animal, muías y burros con rústicas enjalmas. Todo un conjunto amalgamado a la paciencia, tenacidad y sacrificios de los "lecheros" para darle colorido a una labor inconfundible y sobre la cual giraron picarescas anécdotas. Cada hogar porteño contaba para el suministro de este valioso alimento, con su típico "marchante", al cual le cancelaban el producto cada semana, quincena o mes, de acuerdo con las posibilidades del cliente. Rigurosamente los compromisos eran cumplidos siempre después de algunos reclamos sobre la calidad y baja densidad de la leche, y en otras oportunidades por la desaparición de recipientes hogareños, en épocas de na¬vidad, misas de aguinaldos, serenateros, etc. La Sanidad ejercía estricto control en las actividades madrugadoras de los expendedores de leche. El funcionario con su lactodensímetro a mano, cumplía con su tarea en cualquier esquina o rincón de la ciudad, en el encuentro casual o premeditado con el "lechero". Los infractores recibían boleta de citación y luego la sanción acorde con la falta.
Era un secreto a voces: la tonalidad o mayoría de expendedores, ayudaban sus ingresos "bautizando" con agua mañanera de los ríos cercanos, la leche que diariamente transportaban. Cuando se les pasaba la mano y la densidad bajaba alímites intolerables, apelaban al recurso de agregar maizena o polvo de arroz u otra sustancia no nociva para equilibrar el límite exigido por Sanidad.
Alrededor del círculo social de estos populares y recordados comerciantes ambulantes, circularon entre chismes y murmuraciones, diversos rumores de amoríos furtivos con solteronas apasionadas que espantaban su sueño esperando ansiosamente al proveedor de leche. En algunas oportunidades se escuchaban frases de picante humor, asegurando que los hijos de de la vieja tía tenían parecidos asombrosos con el "lechero".
Enlazados en los recuerdos del viejo Puerto, los nombres de aquellos que un día escribieron parte de su historia, transitan debajo de aleros coloniales, frente a rústicos portones o en solares adornados de trinitarias, donde los perros ladraban su hambre.
Entre luces y sombras, la añoranza es brisa fresca en sonrisas de sueños que se perdieron en la ruta de los tiempos. En alguna cansada mecedora, poltrona acolchada o cómodo chinchorro, la visión de un paisaje lejano de gratas madrugadas, endulza el pensamiento de la dama que recibió tributos de amor de Inojosa, Romero, el catire Alberto, Santanita, el Gavilán o el Isleño. Al Isleño se le conocía igualmente como "el angeliílo". Era el único del grupo que realizaba sus ventas al contado. Mantenía una selecta clientela en la Urbanización Rancho Grande, donde por cierto estaba residenciada una señora española que le profesaba a su joven paisano una malquerencia que nadie explicaba.
La matrona era dueña de un hermoso loro real, cuyo vocabulario estaba matizado de las peores expresiones del léxico español. Con paciencia e ingenio, enseñó al verde animalito que a una señal determinada, al observar la presencia del Isleño, gritara con todas las fuerzas de su pequeña garganta:
—Angelillo le echa agua a la leche…
—Angelillo le echa agua a la leche. . .
Con otras palabras de subido color, el pajarraco silenciaba la protesta, cuando el aludido desde la calle le gritaba:

—Te voy a torcer el pescuezo loro hijo e puta...

34- Las comadronas de antaño



Recordar a las viejas comadronas reconforta el espíritu. Hasta hace poco tiempo, los paritorios en los hogares venezolanos se desarrollaban como Dios lo estableció a través de los Siglos. No se conocía la contratación de sofisticadas habitaciones con aire acondicionado, alrededor de las cuales se desplazan especialistas, hombres y mujeres pulcramente vestidos de blanca tela y gorritos coquetos para darle más salero al acontecimiento.

Los padres del recién nacido podían reír alegremente sin el temblor en las manos que electriza la voluminosa factura: partero, anestesiólogo, enfermeras, pediatras, cardiólogos, farmacéuticos, policías y hasta un Fiscal de Tránsito para facilitar al nuevo transeúnte vía libre para su desplazamiento en este valle de lágrimas.

Las recordadas parteras de antaño, la mayoría procedía de modestas familias, sobre todo de núcleos populares que defendían su profesión a base de coraje y mística vocación. Sus tarifas dependían de la condición social del cliente, con un máximo de cinco pesos, a veces cancelados en cuotas semanales. Eso sí, las comadronas durante algunos días compartían con las parturientas el rico manjar de las aves de corral, por establecerlo la tradición. En el proceso del embarazo se adquirirían varias gallinas gordas para alimentar a la nueva madre durante el primer mes después del alumbramiento.

Existían drásticas reglas para la protección de la madre y el niño, que hoy resultan risibles, pero que durante centenares de años contribuyeron a superpoblar el planeta. La mujer guardaba riguroso encierro durante cuarenta días con la cabeza envuelta con trapos para evitar malos aires; el recién nacido debía permanecer con un gorrito de tela gruesa para protegerle la "mollera", por donde supuestamente podían colársele fluidos malignos. La habitación de la parturienta se mantenía hermética y los visitantes en horas nocturnas permanecían alejados del niño, hasta tanto se "les desprendiera el sereno", considerado como portador de males.

Algunos venían al mundo enman'tillados con el cordón umbilical endurecido. En estos casos, la comadrona bendecía al recién nacido, augurándole una vida llena de felicidades, ya que la tradición señalaba que el enmantilíamiento era protector contra pavas, mal de ojo, enemigos, etc. La mantilla y el cordón umbilical lo enterraban en un rincón de la vivienda, para que el hechizo fuera permanente en la buena suerte del muchachito.

Por su parte, el padre feliz que se había preparado desde el primer mes de embarazo de su compañera, brindaba a familiares y amigos con un licor macerado en garrafas de aguar¬diente de caña, aluzema, azúcar y otros ingredientes. Eran los célebres "miaos" del nuevo ciudadano, que nunca faltó en hogares venezolanos, sin el temor de ser embargados por abultadas facturas de clínicas sofisticadas, en cuya mayoría los niños ya no nacen por la vía natural diseñada para estos menesteres, sino por la barriga en operaciones conocidas como "cesáreas".

Esto de la cesárea es más antiguo que el nacimiento de Cristo; procede del latín "caesure" que significa "corte" y su nombre sirvió para bautizar a César, Emperador Romano, quien nació, según datos históricos, por una abertura en el vientre que le practicaron a la madre en un caso de extrema emergencia.

A través de la práctica alegre de acelerar el nacimiento de los niños por ese sistema, se han tejido diversas conjeturas. La operación quirúrgica con pocos riesgos de extraer la criatura, proporciona jugosos dividendos a empresas y clínicas donde el nuevo riquismo florece en todos los caminos con ga¬lopante desbordamiento exhibicionista; las fabulosas sumas cobradas a los pacientes son canceladas sin protestar y a veces con amplias sonrisas que recogen los fotógrafos para las crónicas sociales.


De todos modos, el procedimiento de las viejas comadronas y parteros como Valbuena, Tirado, Juliac, Rodríguez Rivero, Torres Suels, Noblot, Vigas, Kanoche, Porras, Olaechea, Ponte, Rivas, Soriano. Dunlop, Villalba, Gallardo, Julien, Mandry, Murphy, entre otros tantos, queda en el permanente recuerdo de las abuelas.